¿CUÁNTO DE LO QUE DECIDÍS REALMENTE TE PERTENECE?

Elegimos una profesión.

Una pareja.

Una manera de vivir.

Decidimos tener hijos o no tenerlos.

Quedarnos.

Irnos.

Cuidar.

Trabajar.

Postergar.

Y solemos pensar nuestras decisiones como algo exclusivamente individual.

Pero ninguno de nosotros empezó su historia desde cero.

Antes de tener opiniones, pertenecimos

Nacemos dentro de una familia que ya tiene una historia.

Hay valores.

Expectativas.

Miedos.

Pérdidas.

Frases que se repiten.

Formas de entender el éxito, el dinero, el amor, la familia.

Y aunque después podamos cuestionarlas, muchas de esas ideas forman parte del paisaje en el que crecimos.

Por eso hay decisiones que sentimos absolutamente propias y que, cuando empezamos a explorarlas, descubrimos que también están conversando con nuestra historia.

Diferenciarnos no significa rechazar

Mirar nuestros mandatos familiares no significa culpar a nuestros padres ni hacer exactamente lo contrario de lo que hicieron ellos.

Eso también podría dejarnos atados.

Diferenciarnos implica algo más complejo:

poder reconocer de dónde venimos sin necesitar repetirlo ni rechazarlo para saber quiénes somos.

Una pregunta para tus cartas

Elegí una decisión importante que estés atravesando.

Sacá tres cartas para representar:

Lo que yo quiero.

Lo que siento que esperan de mí.

Lo que temo que suceda si elijo diferente.

No intentes predecir qué decisión deberías tomar.

Observá.

Quizás aparezca una pregunta mucho más interesante:

Si nadie se decepcionara, nadie se enojara y no tuviera que demostrarle nada a nadie, ¿qué elegiría?

No siempre podremos hacer exactamente eso.

Pero saberlo ya cambia algo.


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